Bitácora

Por Tomás Quibar

Luciano

Ese jueves llegué del trabajo a las cinco y media, acomodé el bolso en una silla, fui al baño y baje a abrirle al Martín que ya llegaba a tomar unos mates. Nos dimos cuenta de que no teníamos nada que los acompañe y que algo teníamos que cenar. Salimos a comprar y el sol de primavera en noviembre todavía iluminaba las calles angostas de la sexta sección. Cuando llegamos al quiosco de la esquina decidimos que íbamos a comer unas facturas, luego serían capeletis con crema y una Coca Cola. Yo pagué y le alcancé la bolsa con las cosas mientras me acomodaba la Coca Cola en la mano. Nos reíamos con el quiosquero, que nos gastaba porque River venía perdiendo todo y lo último había sido el superclásico contra Boca. Cuando nos dimos vuelta yo lo miraba al Martín mientras me reía y ví como su cara se transformó por completo, sus ojos brillaban y dibujó la sonrisa más grande que yo haya visto. No demoré en darme cuenta que miraba algo al otro lado de la calle Fader, cuando volví la vista hacía lo que el observaba, mis ojos, mi mente y mi alma no lo dudaron. Él dejó caer todo, la crema se reventó en el piso y lo demás quedó desparramado, yo solté la botella de vidrio que estalló contra el baldosado. Corrimos con todas nuestras fuerzas para cruzar esos 10 metros que nos separaban. En la otra vereda estaba el Lucho, nos miraba sonriendo, ya visiblemente emocionado, pero relajado, su presencia se sentía serena y profunda. Dos o tres segundos después, nos fundimos en el abrazo más hermoso que yo pueda recordar, los tres llorábamos sin poder controlarlo, después empezamos a saltar y nos reíamos a gritos. No hizo falta explicar nada, ni contar o aclarar. Luego de unos minutos de victoria total cruzamos la calle, pedimos perdón por ensuciar y compramos las cosas de nuevo. Llegamos a mí departamento y comenzamos a contarle todo lo que había pasado: el Martín se compró el auto, ahora era muy amigo de los grupos del Lucho y de la Viole, nació su ahijada Catalina, estuvo en el ascenso de Gimnasia a primera ahora que era un hincha fiel y se iba a Córdoba a ver al Pity Alvárez; yo le conté de mi viaje a Estados Unidos, que pasé los mejores días que recuerde con mi mamá y con mis hermanos, conocí Disney, me compré la ropa que le había contado y comencé a ir al gimnasio de la vuelta y la Viki es la secretaria. Le dijimos que Jime y Zara se quedaron en mi casa mientras el no estuvo, que ya están mejor y Zoel está en Mendoza. Él se río, nos dijo que sabía todo lo que había pasado, que estaba muy contento y nos abrazó de nuevo. Se lo veía alegre, transmitía una paz que no habíamos conocido.
Como ya se había hecho tarde para los mates, el Lucho agarró una factura de pastelera y se puso a hacer los capeletis, ¿quién mejor que el inventor de la receta? Mientras tanto seguíamos charlando y nos reímos mucho como siempre, nos pusimos al día con más cosas, le hicimos un poco de burla a todos, nos gastamos entre nosotros y recordamos anécdotas. Después de comer fuimos a compar alfajores y nos pusimos a jugar al Fifa, era una excusa en realidad para seguir conversando y comiendo, cuando a él le tocaba descansar seguía jugando en el teléfono. El martín ganó casi todos los partidos, yo le gané algunos y el Lucho, perseverante, me ganó uno al final, los otros los perdió. Cuando nos cansamos fuimos a la terraza, mirábamos el cielo y hablamos de su familia, de la facultad, de fútbol, de sus amigos, de nuestros sueños y metas. Pasó un buen rato, a las cinco ya estábamos todos cansados. Pasamos a tomar un vaso de gaseosa y nos dijo que le abriéramos, que ya se iba, el Martín dijo que él también. Bajamos las escaleras muy despacio los tres, como queriendo que esos escalones duren una eternidad. Abajo, al lado de la puerta, el Lucho nos dio un abrazo largo y profundo a cada uno. Nos dijo que siempre había estado ahí con nosotros, en cada momento, que había trabajado mucho para cuidar a su mamá y a su hermana, que aunque no lo vieran las estaba ayudando siempre y que lo iba a seguir haciendo, admitió que había estado presente en cada anécdota que contábamos, que siempre se reía con nosotros pero que más de alguna vez le hubiera gustado meter un bocado. Al final nos dijo que no nos olvidemos de que siempre que nos juntáramos con el Martín, él estaba con nosotros: en cada risa, en cada comida, en las anécdotas y las aventuras.
Nos dimos un abrazo los 3 y se fue caminando, despacito por la calle 12 de febrero, con una sonrisa serena y las manos en los bolsillos.
Desde ese día, cada vez que nos juntamos en mi departamento, sabemos que seguimos siendo tres, que siempre estamos acompañados y con el Lucho nos reímos, nos divertimos y soñamos.